GUY DE MAUPASSANT BOLA DE SEBO Y OTROS CUENTOS PDF

Los soldados llevaban las barbas crecidasy sucias, los uniformes hechos jirones, y llegaban con apariencia de cansancio,sin bandera, sin disciplina. Muchos burgueses acomodados, entumecidos en el comercio,esperaban ansiosamente a los invasores, con el temor de que juzgasen armasde combate un asador y un cuchillo de cocina. La zozobra, la incertidumbre, hicieron al fin desear que llegase, deuna vez, el invasor. Se acercaba a cada puerta un grupo de alemanes y se alojaban en todaslas casas. Los habitantes pagabansin chistar; eran ricos. Apoyados en la influencia de algunos oficiales alemanes, a los que tratabanamistosamente, obtuvieron del general un salvoconducto para el viaje.

Author:Kazizuru Dilrajas
Country:Anguilla
Language:English (Spanish)
Genre:Personal Growth
Published (Last):6 December 2009
Pages:386
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ISBN:165-1-41125-994-3
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Los soldados llevaban las barbas crecidasy sucias, los uniformes hechos jirones, y llegaban con apariencia de cansancio,sin bandera, sin disciplina. Muchos burgueses acomodados, entumecidos en el comercio,esperaban ansiosamente a los invasores, con el temor de que juzgasen armasde combate un asador y un cuchillo de cocina.

La zozobra, la incertidumbre, hicieron al fin desear que llegase, deuna vez, el invasor. Se acercaba a cada puerta un grupo de alemanes y se alojaban en todaslas casas. Los habitantes pagabansin chistar; eran ricos.

Apoyados en la influencia de algunos oficiales alemanes, a los que tratabanamistosamente, obtuvieron del general un salvoconducto para el viaje. Cerrose de golpe la puerta. Y el coche se puso en marcha. Avanzaba lentamente a paso corto. La claridad aumentaba imperceptiblemente. Su enlacecon la hija de un humilde consignatario de Nantes fue incomprensible, ycontinuaba pareciendo misterioso.

Una era vieja, con el rostrodescarnado, carcomido por la viruela, como si hubiera recibido en plenafaz una perdigonada. Comenzaron a intranquilizarse, porque salieron con la idea de almorzaren Totes, y no era ya posible que llegaran hasta el anochecer. Cornudet llevaba un frasquito de ron. Cuatro botellas asomabanel cuello entre los paquetes.

Pero Loiseau devoraba con los ojos la fiambrera de los pollos. Loiseau hizo una reverencia de hombre agradecido: -Francamente, acepto; el hambre obliga mucho. La guerra es la guerra. Loiseau, en un rinconcito, se despachabamuy a su gusto, queriendo convencer a su esposa para que se decidiera aimitarle.

Hay que amoldarse a las circunstancias. Basta de cumplidos, y a remediarse caritativamente. Acaso no encontramosni un refugio para dormir esta noche. Vaciaron la cesta. Imposible devorar las viandas y no mostrarse atentos. Estuvo deliciosa. Trataron de la guerra, naturalmente. Y lo hubiera matadosi entre todos no me lo quitan. Cerraba la noche. En el camino aparecieron unos puntos luminosos.

Llegaban a Totes, porfin. Abrieron la portezuela y algo terrible hizo estremecer a los viajeros:eran los tropezones de la vaina de un sable cencerreando contra las losas.

Luego,el conde y la condesa; en seguida, el fabricante y su esposa. Loiseau hizopasar delante a su cara mitad, y al poner los pies en tierra, dijo al oficial: -Buenas noches, caballero. La moza trataba de contenersey mostrarse tranquila; el revolucionario se resobaba la barba rubicundacon mano inquieta y algo temblona. Respiraron todos. No se debe nunca resistir a quien puede aplastarnos. La moza dijo: -Lo hago solamente por complacerlos a ustedes.

Cenaron bien y alegremente,a pesar de los malos augurios. Como era muy aceptable la sidra, el matrimonioLoiseau y las monjas la tomaron, para economizar. Y no crea usted que son pulcros. El pobre tiene que alimentarlos mientras aprenden a destruir.

Uno lavabala ropa de su patrona, pobre vieja impedida. Ya ve usted, caballero: entre los pobres hay siempre caridad…Son los ricos los que hacen las guerras crueles. Pero no encontraban al mayoral.

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Cuento Bola de Sebo – Guy de Maupassant

Los soldados llevaban las barbas crecidas y sucias, los uniformes hechos jirones, y llegaban con apariencia de cansancio, sin bandera, sin disciplina. Muchos burgueses acomodados, entumecidos por el comercio, esperaban ansiosamente a los invasores, con el temor de que juzgasen armas de combate un asador y un cuchillo de cocina. La zozobra, la incertidumbre, hicieron al fin desear que llegase, de una vez, el invasor. Se acercaba a cada puerta un grupo de alemanes y se alojaban en todas las casas. Los habitantes pagaban sin chistar: eran ricos. Apoyados en la influencia de algunos oficiales alemanes, a los que trataban amistosamente, obtuvieron del general un salvoconducto para el viaje. Y el coche se puso en marcha.

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